Exposición - 'BUSTILLO - RETROSPECTIVA 1978-2018'

José Antonio Bustillo

Fotografía. Isaac Martínez 'Sacris'


Tras largos años de silencio, Burgos tiene de nuevo la oportunidad de acercarse a descubrir, o redescubrir, una parte digamos escueta -esperemos que suficiente- de la obra pictórica y escultórica retrospectiva de uno de sus artistas más singulares y, digámoslo ya, consolidados. No perderé un segundo en referencias a la larga trayectoria de exposiciones nacionales e internacionales de José Antonio Bustillo, pero sí a la dificultad intrínseca, física y onerosa que entraña la escultura de gran volumen, tanto en su proceso creativo como a la hora de ser expuesta, siendo el caso que la mayor parte de su obra descansa o se exhibe en colecciones privadas y edificios que van de Jerez de la Frontera a Bilbao, Barcelona, París, Toronto...

Fue en el Arco de Santa María en la Navidad de 2002 la última vez en que los burgaleses pudimos contemplar una amplia y magnífica exposición de sus trabajos. Ya entonces brillaron las primeras piezas que fueron entonces el inicio de una última etapa, larga ya, que le ha llevado en los años posteriores a alcanzar su cima creativa, dicho sea con todo el respeto a cualquier divergencia...“Aldeano cosmopolita, -como lo definía Tino Barriuso- el pasaporte lleno de sellos, con fijaciones de monje pero miembro de una estirpe de titanes, donde se unen rigor, fuerza, entusiasmo e inocencia”. El siempre lúcido Tino daba una vez más en el clavo, Bustillo ha estado mucho tiempo buscándose a sí mismo, ha trabajado técnicas dispares, ha amartillado en su yunque, una y otra vez, y sobre todo ha dibujado y buscado sin descanso como si un fantasma imposible habitase su cabeza.

De lo que yo llamaría su primera época nos queda eso, desgranado casi sin excepción en sus cuadros, y sobre todo en sus esculturas, la lucha sin cuartel entre el deseo de elevarse y la fuerza gravitatoria de lo terrenal que nos retiene, condiciona y esclaviza. De aquel Monje en cerámica, que desde su humilde insignificancia mira al cielo y reclama libertad para ser, vivir y volar, a los cuadros llenos de cadenas que inmovilizan los deseos del cuerpo y del alma, la tristeza profunda de un soñador Don Quijote, al exhuberante San Lesmes fabulado, El Homenaje a la Justicia, sin rostro, sin cabeza, sin alma, pero llena de pliegues y recovecos... La obsesión por los contrarios, por la íntrinseca condición humana, en la que los mejores deseos de generosidad, de libertad y de amor son retenidos sino anulados por nuestras limitaciones y pasiones miserables, dan cuerpo y coherencia a una obra plástica que se resuelve en diferentes técnicas y con más o menos acierto casi hasta el inicio del Siglo XXI.

Y ya en los albores del 2000 Bustillo, quizá con menos sellos en su pasaporte y paulatinamente alejado de la algarada, descubre los espacios abiertos, la escultura de gran volumen, las plazas y las esquinas vacías. Hace pocas fechas el artista me comentaba que para esta exposición, le hubiera gustado exponer una obra de gran formato en la Plaza de España, libre, viva, tenaz, respirando con poderosa fuerza de permanencia el inalterable viento burgalés. El hecho es que de las cerámicas y los pequeños bronces, Bustillo pasa al hierro y el acero. Y al dibujo. Sin renunciar a sus maestros, algunos admirados, como Gargallo, Julio González, Serrano, Oteiza o Chillida, encuentra su propio camino. Es difícil saber en todo caso cuándo y por qué evoluciona cualquier artista, pero su fuerza incontenible y en cierto modo trágica ya no es una lucha de contrarios, sino una integración de fuerzas. La línea geométrica, la voluta sutil, el trazo exacto se decantan y depuran, la sensualidad del acero pulido se combina en un diálogo estético e intelectual con el óxido del hierro y las aristas. La fuerza y el poder de su estética ha dejado de ser un grito estéril, a veces desquiciado, moviéndose hacia la confianza que da haber llegado a un destino. En la forma y en el fondo. Puro clasicismo del S. XXI. Entre lo abstracto y lo figurativo, como caídas del cielo, unas, o brotando de la poderosa tierra envolvente y maravillosa, otras, las obras de Bustillo no se quedan sin embargo en el mero esteticismo, tosco y potente, espléndido y sensual a la vez, sino que conservan tal poder de magia y sugerencia que sobran los títulos, cada cual verá algo distinto. Con un poco de suerte, y de tiempo, que perderá sin duda en sus próximas salidas previstas en 2019 por Europa, hemos de asistir y contemplar aún al mejor Bustillo. Y quizás nuestros ojos no lo vean, pero antes o después tendrá su pequeño o tal vez gran espacio en los manuales de la mejor escultura española del siglo.

Esteban Fernández Moreno

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